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Entradas de Shakespeare

La vanguardia embalsamada

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Resulta muy difícil, casi imposible, encontrar un mercado más esnob, fraudulento, especulativo, inflado y cínico que el mercado del arte actual. El mismo respeto interesado con que los participantes de la lujosa y económica feria del arte hablan de ella es una clara muestra de lo que acontece en ese ámbito. Un mercado instalado como una pieza más del salvaje capitalismo financiero levantado en las últimas cuatro décadas para entronizar la especulación más abyecta y que se ha constituido en EEUU y Europa en la principal amenaza de la sociedad del bienestar. Una economía sustentada por los bancos, que actúan en su seno como oportunistas negociadores, especuladores privilegiados y operan, a su vera, como inclementes desmanteladores de la vigencia del Estado social.

Al artista entrar en el mercado del arte y su noria especuladora le interesa más que nada, no hay duda. Posibilita ello ser partícipe del millonario y azaroso juego de la ruleta de la fortuna que allí se desarrolla. Mostrar la propia obra en el espacio expositivo de una galería invitada a participar en ARCO o la Dokumenta de Kassel o ser pieza preciada de los coleccionistas y museos genera ciertas y valiosas oportunidades de ascenso económico y apuntalamiento de la fama entre la crítica y en el propio mercado del arte. Un mercado en el sentido más estricto y mezquino del término donde prima, sobre todo, el beneficio económico y no la calidad del género que se vende y que lleva por su sistema sanguíneo un voluptuoso volumen de dinero que alimenta bastardos intereses, falsas reputaciones e inflados prestigios, creaciones calculadas de modas y de movimientos artísticos, y subordinaciones a las galerías y a la crítica, que en nada tienen que ver con el artista como individuo que debe vivir y realizar libremente un proyecto estético y el constructo intelectual que le sirva de armazón.

No es amor al arte lo que constituye el mercado del arte sino principalmente fluido pecuniario, monetarismo burgués. No es en manera alguna una experiencia estética lo que motiva al artista ni lo que alimenta este organismo, apoyado por la crítica, una y otras vez.

La crítica apoya al mercado del arte porque si este en el pasado obtenía sus beneficios negociando con lo que no era arriesgado y emitiendo un mensaje de conservadurismo estético, de misoneísmo doctrinal e ideológico, ahora da por inevitable la fiebre especuladora; supone a los artistas y galeristas como promotores del riesgo estético, continuadores de la Vanguardia de la primera mitad del s.XX; y fundamenta su prestigio en no querer ver y descubrir que el rey está desnudo. Con estos rasgos funcionales, lucrativos y conservadores, el mercado del arte se asemeja al mercado de valores común pero donde se negocia con lienzos y esculturas, y donde los artistas desarrollan su obra sin ideales ni espiritualidad alguna, sin ideología utópica ni proyecto redentor que los sustente. Todo en nombre del poderoso caballero don Dinero.

¿Un prestigio y arriesgado artista? Esto ya no tiene importancia ni es creíble porque el artista de vanguardia pertenece al relato de los ismos históricos y construía su obra con conceptos novedosos, discursos formales inéditos e intereses ajenos al comercio de su obra. Realizando su obra a los márgenes del mercado del arte y de los salones oficiales fundamentaba su prestigio. Sencillamente, el artista operaba como un individuo incontaminado, cuya característica fundamental era crear arte para un selecto y minoritario grupo de connoisseurs y reformar la sociedad convirtiendo su obra, a la manera de una bomba revolucionaria, en explosivo atentado contra los valores establecidos.

La vanguardia histórica que tanto hizo por regenerar, con su transgresora mecánica, el artefacto académico heredado del s.XIX y generar, a su vez, espacios estéticos libérrimos donde se podían expandir los espíritus artísticos más creativos, investigadores y progresistas, ahora yace de cuerpo presente pero fenecida, embalsamada y expuestos sus resultados, como en sepulcros de lujo, en los museos de arte contemporáneo para -la gran mayoría de las veces- la boba y aborregada contemplación de un público ignorante de su verdadera valía y -las menos de las ocasiones- fruición estética de los buenos y verdaderos aficionados al arte. A su vez esta momificada transgresión para el recuerdo de la vanguardia artística permanece como una inmejorable coartada intelectual y crítica, de exacto engranaje argumentativo, para mantener enhiesto su negocio el todopoderoso y ya inevitable mercado el arte.

Del arte al producto de consumo

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La estética de lo fácil, lo no exigente, lo efectista, banal y vacuo domina en casi todos los ámbitos de la cultura de la sociedad actual. La filosofía de lo comercial y su consecuencia -el producto cultural de consumo- constituye el becerro de oro de la adoración de las productoras de cine, las cadenas de TV, las galerías de arte y de muchas editoriales. Un becerro de oro a imagen y semejanza del alma materialista y superficial de nuestro tiempo.

El negocio, solo justificado ideologicamente por el afán de lucro, las campañas de marketing, el producto industrial y lo publicitado como obra de calidad han venido a sustituir a lo realmente excelente y elevado: el producto cultural que aspira a la belleza y la verdad, a conocer algo más sobre el mundo y que busca interrogantes y nos respuestas. Un producto que desfallece entre otras ofertas culturales de menor calidad pero comercialmente más extendidas y socialmente más consumidas, destinándolo a la condena del ostracismo en el gusto del ciudadano: un ser no dotado de criterio y que pica con facilidad en los cebos que le dispone el mercado cultural que como dice Vicente Verdú es “un mercado incomparablemente artero para sacar de la basura beneficio y de artículos tan malos como para llorar sus auténticos productos de último grito”.

De este lucrativo fenómeno que intercambia la digna obra de arte por el producto de consumo, tenemos ejemplos en los más variados frentes de la oferta cultural. Tanto en el mercado del arte actual -donde el artista ha perdido su carácter combativo y épico convirtiendo su obra en una mera gestión comercial- como en la decadente y cada vez más mediocre industria cinematográfica de Hollywood donde se realizan películas de incontestable brillantez formal, repletas de efectos especiales prodigiosos, con diseño espectacular, ritmo trepidante y gran desenfreno visual, pero donde es imposible ver un solo minuto de verdadero cine.

Apostar por el producto comercialmente seguro y despreciar lo que exija el más mínimo esfuerzo intelectual son los rasgos distintivos de nuestra industria de la cultura. Este mercantilismo de subproductos mediocres pero aparentes, que no superan ni el más elemental análisis crítico, pervierte al antaño prestigioso campo de la cultura y manifiesta, a todas luces, la cada vez creciente influencia social del poderoso caballero don dinero.

Sin novedad en la moda

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Contra la imposición que representan el peso de las convenciones y las tradiciones, el modelo clásico o la marca conocida, se levanta el contagioso atractivo de la moda. Seguir las tendencias en cultura e imagen, o en costumbres morales y hábitos de consumo, significa un irreprimible anhelo en el narcisista mostrarse de la Masa para concretar su aceptación social y su sentido de la pertenencia.

Reflexiono sobre la diferencia entre la conveniencia por ciertas novedades y el esnobismo. Entre lo nuevo como mejora social, sin pose ni apenas artificio, y las indigestas ruedas de molino con las que nos quiere hacer comulgar la sociedad de consumo.

Con la novedad crecemos, ganamos en pragmatismo, mientras que las modas, sus diferentes formas y estallidos, sus canales y manifestaciones son incompatibles con la expresión de lo práctico. Las modas proyectan su banal arquitectura en el mero territorio de la apariencia.

Con la costumbre de la añagaza comercial de las rebajas de temporada en los grandes almacenes, la inauguración de nuevas ferias expositivas y nuevos locales para el ocio, la presentación de supuestos nuevos talentos literarios en las campañas de marketing de algunas editoriales, el lanzamiento por todos lados de productos tecnológicos no siempre necesarios, la ruleta de la moda tiene las maneras de una selva llena de trampas, el carácter de un espejismo con el aroma de la oportunidad.

La moda pura, la moda a secas, opone su carácter caníbal a las maneras sosegada e inteligente de la novedad. Consumimos moda pero, a su vez, esta nos consume a nosotros.

La moda es un producto fabricado deliberadamente para ser consumido, secreción de la sociedad de consumo inyectada en el mercado para animarlo y, al mismo tiempo, lo más prescindible de él. Y el mercado en un mecanismo diseñado y habilitado para recibir la moda en forma de productos culturales, tecnología, propuestas de ocio o estéticas prestas a incorporarse a la imagen personal de cada cual.

Y ocurre que mientras la moda se esfuma como el humo de una hoguera de futilidad, la novedad se apuntala y echa raíces, nos ofrece un paradigma cool, explayarnos en la renovación como mejoría, evitando caer irremediablemente en un pozo en el que esnobismo y papanatismo mezclan sus aguas. La novedad se deja usar. Su pretensión no es una ocurrencia caprichosa sino que manifiesta querer ser útil.

El mundo es el mismo y nunca lo mismo pues la novedad con su propuesta de cambio construye otro mundo cada vez. Y ese otro mundo que hace, con nuevos valores, ideologías, tribus urbanas, productos de consumo, fenómenos sociales y hábitos, nos infunde la certeza de vivir otro tiempo, otra ocasión para la felicidad.

La felicidad

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Un momento de felicidad da paso a otro de infelicidad, como si transcurriera el ciclo planetario de días y noches en el transcurso de nuestras vidas. Tan inevitable la luz como la sombra.

Pero las personas queremos creer que la felicidad se puede generar forzando su formación con determinadas acciones, a la manera que estimulamos el placer para que surja. Pero sepan que ese empeño es ingenuo: nada hace tan infeliz como pretender ser felices a toda costa. La felicidad es una emoción tan inaprehensible que solo podemos crearla por una aproximación engañosa, un espejismo emocional. Uno se pone a buscarla y solo logra frustrarse más, reafirmar su resbaladiza condición. Es decir, apuntalar la desdicha, y nada más.

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Primitivos

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Peor que aún haya hombres que no se comprometan con la causa de la mujer es que algunos estén involucionando hasta sacar el ser primitivo que llevan dentro.

Se dan algunos ejemplares masculinos que solo se diferencian con los trogloditas que fuimos en que conducen un coche, se cortan el pelo y esgrimen contra sus semejantes -en vez de un hacha de piedra tallada- una tarjeta de crédito como poderosa arma: símbolo de estatus social.

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Contra el perfeccionismo

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Al deseo de perfección se le ha presentado como la fórmula mágica del éxito profesional. Según se cree es este anhelo utópico la base compacta en la que el éxito en la acción deportiva, en las artes, en la labor política o en la imaginación científica brota, se desarrolla y concluye.

A todos los profesionales con carrera exitosa en las áreas mencionadas se los identifica como productores de una acción sin mácula de incertidumbre o error.

¿Son productores de una impecable acción profesional porque acaso gracias a crear su labor en este supuesto espacio de certeza y exactitud, límpida y pulcra, alcanzan nuestro reconocimiento? ¿Son productores, en fin, de esa labor digna de encomio -y al parecer inigualable- por esa pulcritud de actuación? ¿Obran todos estos profesionales sobre el deseo de exactitud, creencia máxima por excelencia, en búsqueda de una finalidad absoluta? Y, además, ¿son realmente productores de una impecable acción? Permitan que yo lo ponga en duda.

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Una naturaleza mutable

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El hombre y su singularidad se manifiestan de muchas formas distintas: meridianas, oscuras, genéticas o ambientales, racionales o sentimentales, malvadas o bondadosas, con grandeza o miseria, de manera espuria o desinteresada. Con este repertorio de múltiples facetas nadie puede arriesgarse hoy día a elaborar una reflexión que sintetice la naturaleza del hombre en una realidad. De manifestar poliédrica su singularidad se ha encargado la moderna psicología pero podríamos retrotraernos muchos siglos atrás con

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la reveladora intención de descubrir de forma diáfana esa inequívoca verdad en los clásicos de la literatura.

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El sujeto culpable

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¿Cómo realizar un examen de conciencia si se carece de autocrítica, si no se posee la capacidad de colocarse en el disparadero? A decir verdad, todo ejercicio de autoanálisis moral, público o privado, hablado o meditado, nos sitúa ante el examen de nuestra humanidad y nuestro verdadero valor como sujetos morales. Nos eleva o nos denigra según el grado de ahondamiento que practicamos en nosotros mismos. Somos ciegos perpetuos a nuestros errores. Cuando nos vemos en el trance de revisarnos, de fustigar la consecuencia de nuestros actos, nos creemos en la autocomplaciente situación de estar liberados de su amoralidad. Libres para obrar pero inevitablemente atrapados en una cárcel de convenciones. Amos de nosotros mismos pero deudores del juego social y moral.

Por consecuencia, toda pretensión de actuar en sociedad requiere una concienciación del sujeto, pero ¿cómo podrá este concienciarse sin levantar el edificio de un constructo moral, una imperativa y rígida narración ética consensuada socialmente?

Pero además, ¿de qué forma levantar una base ética en que todas las conciencias abreven?, y ¿cómo consensuarlas a todas? No hay forma. Puede que este fracaso sea la única manera posible de contentar a todos no contentando a nadie y permita un ajuste normativo del engranaje social.

Este mecanismo levanta con su vaguedad y multiplicidad el horizonte mental y conceptual del sujeto mientras sus palancas (la conciencia y la autocrítica) vienen a ser unos imprescindibles y valiosos instrumentos de crecimiento personal o un evanescente gesto de hipócrita apariencia en el teatro de representaciones sociales.

El territorio de la superficialidad

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La fascinación por la novedad, el lucro como meta vital, la originalidad por la originalidad, lo hortera, lo efímero y el narcisismo son los fundamentos conceptuales de este momento. Así, de igual forma que la idiosincrasia de la sociedad y su mentalidad revertieron a mediados del siglo XX los valores éticos y estéticos, ambos devinieron a rodar en la autocomplaciente superficialidad de otro territorio mental apartado y delimitado con rotundidad del ámbito normativo en que se fundamentó el sistema de apreciación ético y estético anterior y su mecanismo de ideas formado y heredado de siglos atrás.

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La libertad como capricho

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Lo más llamativo, lo verdaderamente desolador cuando se observa los modos y comportamientos de la Masa -en el contemporáneo clima de anomalía moral y degradación cultural de nuestra liberada sociedad- es su manifestación autista y autocomplaciente. La mercantilización hasta de la vida privada, la desaparición de la cortesía, un materialismo obsceno. La vulgaridad estética o la idiotización social conviven con éxito entre la Masa hasta constituirse en señas de identidad tan arraigadas que han venido a sustituir a los antiguos y ya extintos valores.

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